Durante los últimos 25 años me he formado, trabajado y vivido alrededor de una sola obsesión: mejorar mi salud y la de las mujeres que trato.
Mi curiosidad empezó mucho antes de saber que acabaría dedicándome a esto.
De pequeña, pocas cosas del colegio conseguían mantener mi atención. Pero cuando hablábamos del cuerpo humano, la mente o la forma en que nos relacionamos, algo se encendía dentro de mí.
Bailar era mi terapia.
Leer sobre salud y bienestar en las revistas de mi madre, mi ritual antes de dormir.
Estudié Fisioterapia porque era la carrera que más se acercaba a todo lo que me fascinaba: la salud, el cuerpo y el movimiento.
Y me enamoré de la profesión desde el primer día.
Durante la carrera apareció algo que cambiaría mi rumbo: sufrí vulvodinia.
En aquel momento, encontrar respuestas no era fácil. La fisioterapia del suelo pélvico era todavía muy desconocida en España. Muchas mujeres convivían en silencio con el dolor, los escapes de orina u otros síntomas. Situaciones frecuentes, pero no por ello normales, que a menudo se vivían con vergüenza y sin saber dónde pedir ayuda.
Yo también necesité entender qué me ocurría.
Así que empecé a buscar.
Me formé en las distintas áreas relacionadas con el suelo pélvico: urología, ginecología, fisiosexología, coloproctología y obstetricia. Una formación me llevó a otra y, casi sin darme cuenta, mi problema de salud se convirtió en el inicio de mi especialización.
Hace 20 años, ese camino me llevó al Hospital Universitario Vall d’Hebron, donde he trabajado como fisioterapeuta especializada en salud de la mujer, rehabilitación abdominopelviperineal, oncología de mama, lipoedema y linfedema.
También trabajé en consulta privada junto a urólogos y ginecólogos.
Y durante nueve años fui docente en distintas universidades. Participé, entre otros proyectos, en la creación de la primera asignatura de fisioterapia aplicada a la medicina estética y a la cirugía plástica y reparadora.
Trabajando con mujeres comprendí algo todavía más importante:
el cuerpo rara vez cuenta una historia sencilla.
Un dolor no siempre empieza en el lugar donde duele.
Una cicatriz no afecta únicamente a la piel.
Y un síntoma no puede separarse de la alimentación, el descanso, las hormonas, el estrés, las emociones o la historia de la mujer que tienes delante.
Me faltaba una pieza que conectara todo aquello.
La encontré en la psiconeuroinmunología clínica y en la medicina evolutiva. Primero me ayudaron a comprender y mejorar mis propios problemas digestivos. Después transformaron por completo mi manera de acompañar a otras mujeres.
Más adelante incorporé herramientas de programación neurolingüística y terapia breve.
En mi primer trabajo de prácticas, ya había escrito una conclusión que todavía hoy guía mi forma de trabajar:
A veces, escuchar ayuda más que cualquier técnica.
Por eso no entiendo la fisioterapia como una colección de tratamientos aislados.
Para mí, tratar es observar.
Preguntar.
Relacionar lo que a primera vista parece desconectado.
Y escuchar el tiempo suficiente para comprender qué está intentando decir el cuerpo.
Fisiofemenina nace de todo ese recorrido.
De la profesional que ha trabajado durante más de dos décadas con la salud femenina.
De la paciente que también tuvo que buscar sus propias respuestas.
De la docente, la madre y la mujer que sigue aprendiendo.
Este es el lugar donde pongo mi experiencia, mi atención y mi criterio al servicio de otras mujeres. Con tiempo, honestidad y una mirada integradora.
Porque no necesitas que alguien te prometa soluciones mágicas.
Necesitas que te escuchen, que comprendan el conjunto y que te ayuden a encontrar un camino que tenga sentido para ti.
Bienvenida a Fisiofemenina.